Un estudio publicado este 2 de octubre en Frontiers in Marine Science mostró que dar sombra a corales vulnerables puede reducir su pérdida de color durante episodios de calor marino. El ensayo se realizó en 2024 en los Cayos de Florida y plantea una herramienta de protección localizada.

El equipo de Nova Southeastern University y la Universidad de Miami trabajó en Newfound Harbor con dos especies de coral cerebro: Pseudodiploria clivosa y Colpophyllia natans. Comparó colonias protegidas con otras expuestas a la luz habitual. Las cubiertas tenían marcos de PVC y una malla agrícola de polietileno que, según las especificaciones del fabricante, reducía un 60% la luz. Flotaban a unos 30 centímetros de los corales, sujetas al fondo mediante cuerdas.

La lógica de la intervención se relaciona con la convivencia entre los corales y las algas microscópicas alojadas en sus tejidos. La NOAA explica que esas algas les aportan alimento y color. Bajo estrés, la relación puede romperse y el coral queda blanco o muy pálido. El blanqueamiento no significa necesariamente que haya muerto: puede recuperarse si las condiciones mejoran. La radiación solar intensa agrava el problema cuando el agua está caliente, especialmente en ambientes poco profundos.

El antecedente fue el episodio de calor de 2023. En un seguimiento anterior de más de 4.200 colonias, la universidad había observado diferencias importantes entre nueve arrecifes de los Cayos de Florida. Los corales cerebro fueron más afectados que otros corales masivos en los sitios con daños considerables. Estos organismos forman estructuras que sirven de refugio y área de alimentación para otras especies, además de contribuir a la protección costera frente al oleaje.

El seguimiento del experimento abarcó de julio a noviembre de 2024. Hubo demoras en los permisos, por lo que las sombras se instalaron recién a mediados de agosto, cuando ya había pérdida de color. También debieron retirarse temporalmente por dos tormentas. Los investigadores combinaron evaluaciones visuales periódicas con muestras de tejido.

Las diferencias entre grupos fueron más claras durante los períodos de mayor estrés térmico: las colonias protegidas conservaron mejor su color y algunas lo recuperaron después de colocar las cubiertas. El sombreado no enfrió el agua. Su función fue reducir una presión adicional, la exposición a la luz.

El resultado también tiene límites. No se registró mortalidad asociada al blanqueamiento en los grupos protegido y de control. Los investigadores observaron un predominio de algas Durusdinium, tolerantes al calor, y plantean que esa característica pudo moderar el deterioro general. Por eso, el ensayo no demuestra cuánto aumentaría la supervivencia durante un episodio más severo.

Además, los cambios visuales no tuvieron un equivalente claro en la proporción de algas respecto de las células del coral durante el aumento del estrés térmico. Los autores advierten que las muestras se tomaron en bordes parcialmente sombreados de manera natural. Recomiendan ampliar las mediciones para distinguir mejor entre cambios en la cantidad de algas y en sus pigmentos.

En declaraciones a SINC, la investigadora Karen Neely señaló que extender esta estrategia requiere decidir qué colonias proteger. Entre los criterios mencionó su potencial reproductivo, los servicios que brindan al ecosistema y la rareza de las especies. También advirtió que una sombra excesiva podría resultar perjudicial, porque las algas necesitan luz: el enfoque estudiado consiste en una reducción moderada y temporal.

Quedan pendientes pruebas sobre otras especies, los umbrales de temperatura que superarían la capacidad protectora del sombreado y sus efectos a largo plazo. Neely explicó que un seguimiento de varios años necesitaría permisos y financiamiento sostenidos. La publicación ofrece evidencia para una intervención puntual en corales seleccionados; su aplicación futura deberá evaluar esos límites junto con las medidas frente al calentamiento del océano.