La concentración de los tres principales gases de efecto invernadero volvió a alcanzar máximos en 2025. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) presentó el 27 de octubre su nuevo boletín anual, que sitúa el promedio mundial de dióxido de carbono en 426,8 partes por millón. El documento describe lo que quedó acumulado en la atmósfera durante el año pasado, no las emisiones de 2026. El margen de incertidumbre informado para ese promedio de dióxido de carbono es de 0,2 partes por millón.

El metano llegó a 1.948 partes por mil millones y el óxido nitroso, a 339,1. Frente a los niveles anteriores a 1750, las concentraciones fueron un 53%, un 167% y un 26% mayores, respectivamente. Las unidades no son intercambiables: el dióxido de carbono se expresa en partes por millón; los otros dos gases, en partes por mil millones.

El aumento del dióxido de carbono fue menor que el salto excepcional registrado entre 2023 y 2024, aunque superó ligeramente el promedio de crecimiento de la última década. El metano también creció más despacio. Esa desaceleración no significa que las concentraciones hayan bajado: los tres valores siguieron aumentando hasta establecer nuevos registros.

Qué mide el informe

El boletín se apoya en observaciones de la red de Vigilancia de la Atmósfera Global. Su publicación permite separar dos cuestiones que suelen confundirse en la discusión pública: cuánto gas se incorpora cada año y cuánto permanece en el aire después de los intercambios con océanos y ecosistemas terrestres.

El índice de gases de efecto invernadero de la agencia estadounidense NOAA aporta otra medida del problema. Para 2025, el efecto de calentamiento de los gases de larga duración fue un 56% superior al de 1990. El dióxido de carbono explicó aproximadamente el 81% de ese incremento. No se trata de un aumento equivalente de la temperatura, sino de una comparación de su influencia sobre el balance de energía del planeta.

La NOAA construye ese indicador con mediciones de 23 gases. En su red, las muestras de aire se recolectan aproximadamente cada semana en distintos puntos remotos y se analizan en laboratorio. Ese procedimiento permite observar tendencias de largo plazo y no sólo variaciones de un lugar o de un día.

El índice tampoco es un pronóstico meteorológico. Para proyectar el clima deben considerarse además la radiación solar, las partículas en suspensión, la reflectividad de la superficie y otros procesos que interactúan en el sistema terrestre.

Una medición que necesita continuidad

La historia del seguimiento atmosférico ayuda a entender la importancia de esas series. El observatorio de Mauna Loa, en Hawái, comenzó a funcionar en 1957. Charles David Keeling inició allí las mediciones de dióxido de carbono en 1958, mientras que la NOAA comenzó su propia serie en 1974.

La estación integra un conjunto de cuatro observatorios de referencia de esa agencia, distribuidos desde Alaska hasta el Polo Sur. Los registros de esos puntos forman parte de una red más amplia: una única estación, por prolongada que sea su trayectoria, no sustituye el análisis mundial.

La utilidad de mantener esas mediciones reside precisamente en poder comparar décadas con procedimientos controlados. El boletín difundido ahora reúne resultados de 2025 y actualiza esa perspectiva de largo plazo. No describe el tiempo que hará esta semana en San Juan ni constituye una alerta local: aporta evidencia sobre la composición de la atmósfera y su evolución global.