Un estudio del INTA que calculó el aporte de la genética al rendimiento del trigo argentino recibió el segundo Premio Joven de la Asociación Argentina de Economía Agraria. El trabajo de Santiago Felici, investigador del Centro de Investigación en Economía y Prospectiva, estimó una mejora de entre 40 y 44 kilos por hectárea por año atribuible al mejoramiento de los cultivares. El organismo difundió el reconocimiento este 29 de octubre.
La magnitud equivale a un avance cercano al 1% anual, aunque no se distribuye de la misma manera entre variedades, regiones y sistemas productivos. El resultado no significa que todos los lotes obtengan esa mejora cada temporada: es una estimación del progreso genético construida a partir de una extensa serie de ensayos. Los rendimientos de una cosecha también dependen del ambiente y del manejo.
La investigación se titula “Ganancia genética del trigo en la Argentina: evidencia de la Red de Ensayos Territoriales (1998-2025)”. Su base reúne más de 77.000 observaciones de 398 cultivares, evaluados en 98 localidades durante 26 campañas agrícolas. Esa cobertura permitió examinar diferencias que quedarían ocultas al mirar únicamente un promedio nacional.
El interrogante central fue cuánto del aumento del rendimiento puede adjudicarse a la genética. Según el INTA, la productividad media nacional se duplicó desde la década de 1970, pero ese crecimiento combina distintos procesos: cambios en las prácticas agronómicas, variaciones climáticas y expansión del cultivo hacia otras regiones. Aislar el componente genético permite distinguir una parte de esa transformación, sin atribuirle todo el avance.
Los mayores incrementos aparecieron en variedades de ciclo largo y en condiciones de uso intensivo de insumos, como agua, fertilizantes y fungicidas. En ese grupo, la ganancia llegó a 65 kilos por hectárea por año. En cambio, las zonas semiáridas y extrapampeanas mostraron progresos menores que el núcleo triguero. La comparación señala que el desempeño de una variedad no puede separarse del sistema en el que se evalúa.
Felici plantea que medir esa ganancia ayuda a examinar el retorno de las inversiones públicas y privadas en mejoramiento vegetal. El indicador ofrece una referencia productiva para evaluar investigación y desarrollo; no es, por sí solo, un cálculo de rentabilidad económica para un establecimiento. El anuncio oficial ubica la tasa estimada en niveles comparables con los observados internacionalmente.
La información de los ensayos también tiene un canal de consulta para técnicos y productores. En abril, el CIEP presentó un visualizador desarrollado con datos de la Red de Ensayos Comparativos de Variedades de Trigo del INASE. Esa herramienta abarca desde la campaña 2005/2006 hasta la 2024/2025 y permite filtrar resultados por variedad, empresa obtentora, ciclo, subregión, uso de fungicida y nivel tecnológico. Su publicación es un antecedente, no otro lanzamiento anunciado esta semana.
El visualizador incorpora además la condición hídrica de cada campaña, estimada con anomalías de precipitaciones obtenidas de datos satelitales. Así, quienes consultan pueden observar rendimientos junto con el contexto ambiental en que fueron registrados. El reconocimiento a la investigación vuelve a poner en primer plano esa necesidad de comparar: no alcanza con saber qué variedad rindió más, también importa dónde, cuándo y bajo qué condiciones lo hizo.




