Una investigación internacional con participación del INTA Balcarce y del Conicet mostró que las prácticas agrícolas deben evaluarse junto con el clima y las características de cada suelo. El organismo argentino difundió este lunes 5 de octubre los resultados de su participación en SoilGuard, una red de 25 instituciones de 17 países. El trabajo aporta una advertencia para interpretar las comparaciones entre agricultura orgánica y convencional: una conclusión global puede tener una expresión diferente en un territorio concreto.

En el sudeste bonaerense se estudiaron 20 establecimientos con trigo y cebada durante la primavera de 2022, divididos por igual entre ambos tipos de manejo. Según el INTA, allí no aparecieron diferencias significativas en los servicios ecosistémicos analizados. Sí se registró una brecha productiva: el rendimiento orgánico fue, en promedio, 60% menor. Paula Barral, investigadora del instituto, aclaró que ese resultado físico no alcanza para decidir qué sistema es superior: también deben considerarse costos, insumos y beneficios ambientales.

La escala internacional permite entender por qué es importante esa cautela. Un artículo de Global Change Biology examinó 160 lotes de ocho regiones, distribuidas en cuatro continentes. El diseño incluyó ambientes de Argentina, Bélgica, Camerún, Dinamarca, España, Hungría, Letonia y Tailandia. En cada región se eligieron cantidades equivalentes de campos orgánicos y convencionales, con distintos niveles de degradación. Los investigadores mantuvieron áreas climáticas comparables dentro de cada país para reducir las diferencias que podrían confundir el análisis.

Ese estudio evaluó seis grupos de organismos mediante técnicas de identificación genética: procariontes, hongos, protistas, nematodos, microartrópodos y anélidos. Sus resultados indican que la distribución de la vida bajo tierra está fuertemente asociada con la aridez, la temperatura, las precipitaciones y propiedades como el pH y los nutrientes. El manejo orgánico modificó la biodiversidad, pero la magnitud y el sentido de esas respuestas variaron entre regiones y grupos biológicos. No todos los componentes del suelo respondieron de la misma forma.

Otra publicación del proyecto, aparecida en Nature Sustainability en marzo de 2026, amplió la comparación a 179 campos. En este caso se observaron la riqueza de seis grupos de fauna y microorganismos, 21 indicadores de funcionamiento del suelo y los rendimientos de los cultivos. El análisis encontró que una producción elevada no necesariamente se contrapone con una mayor biodiversidad, con la disponibilidad de nitrógeno o con la capacidad del suelo para cumplir varias funciones a la vez. En numerosas comparaciones, esas variables mostraron asociaciones positivas.

Los modelos de ese segundo trabajo señalaron que paisajes con 50% de agricultura orgánica podrían optimizar conjuntamente producción, biodiversidad y funcionamiento. Los autores también propusieron priorizar la transición en suelos con degradación moderada o alta para aprovechar sus beneficios y limitar las pérdidas de rendimiento. Son conclusiones sobre combinaciones de sistemas y condiciones ambientales, que no equivalen a asegurar que cada lote responderá con el mismo resultado al cambiar de manejo.

El estudio de biodiversidad agrega que los beneficios de una transición pueden ser mayores en suelos muy degradados de regiones sometidas a distintos factores de estrés, incluida la aridificación. Esa perspectiva ayuda a orientar nuevas evaluaciones, aunque la evidencia bonaerense no debe trasladarse automáticamente a la agricultura de Cuyo. La información divulgada ofrece herramientas para comparar prácticas con mediciones locales, realizadas directamente en los establecimientos y sus ambientes productivos y para observar, en una misma evaluación, qué ocurre con la cosecha y con la vida del suelo.