El INTA Famaillá difundió el 9 de octubre una actualización de sus ensayos con mostazas para manejar organismos que afectan los suelos agrícolas. El trabajo en Tucumán estudia su incorporación a cultivos hortícolas y extensivos para reducir la presión de hongos, nematodos y malezas.

La herramienta es la biofumigación: durante la descomposición vegetal se liberan compuestos, entre ellos isotiocianatos, que actúan sobre determinados patógenos. La investigadora María de los Ángeles Quinteros explicó que los antecedentes en tomate alentaron nuevas pruebas. En frutilla, el esquema combina biomasa, riego y cobertura plástica transparente: una práctica conocida como biosolarización.

Para los granos de primavera y verano, los ensayos adoptan otro manejo: por la extensión de los lotes, no utilizan plástico. La mostaza se corta y permanece sobre el suelo cuarenta días antes de sembrar el cultivo comercial. Se estudia su desempeño en esas condiciones.

La línea de investigación tiene antecedentes en la misma estación experimental. En julio, el grupo de Recursos Naturales del INTA Famaillá había informado evaluaciones de mostaza Delfina INTA y mostaza india en establecimientos agrícolas y hortícolas tucumanos. También describió un seguimiento en el vivero forestal mediante análisis de suelo, imágenes satelitales y drones. Esa combinación permite observar el comportamiento de los cultivos y reunir información para ajustar las recomendaciones técnicas.

Uno de los materiales involucrados es Santa Catalina UNLP, una variedad de mostaza india desarrollada en el Instituto Fitotécnico de Santa Catalina. Un artículo científico de 2021, disponible en el repositorio de la Universidad Nacional de La Plata, reconstruye su obtención: entre 2009 y 2016 se seleccionaron plantas por su biomasa y su comportamiento sanitario. La estabilidad del material se verificó tras una multiplicación realizada en 2017. La selección se realizó en Llavallol, en el conurbano bonaerense, y orientó el desarrollo hacia las condiciones ambientales del cinturón hortícola de Buenos Aires.

Ese trabajo documentó ensayos sobre hongos perjudiciales, malezas y nematodos que parasitan plantas. También examinó la compatibilidad con organismos beneficiosos, como hongos del género Trichoderma. Los resultados corresponden a especies y condiciones experimentales concretas. Su importancia está en aportar evidencia para programas de manejo integrado, sin convertir una respuesta de laboratorio o de un ensayo en una garantía general para todos los suelos.

En abril de 2026, Omar Perniola y Silvia Elena Chorzempa, investigadores vinculados con las universidades de La Plata y Lomas de Zamora, detallaron en una publicación de Aapresid otras pruebas con Santa Catalina. En Bandera, Santiago del Estero, un ensayo de secano de 2024 registró 6.497 kilos de biomasa aérea seca por hectárea a los 136 días de la siembra. Esa medición describe material vegetal producido, no rendimiento de grano ni porcentaje de control de patógenos.

Los investigadores también reseñaron experiencias en Pergamino, Vila, el campo experimental de la Facultad de Agronomía de la UBA y establecimientos de investigación bonaerenses. El interés incluye la velocidad de cobertura del terreno y su combinación con especies tradicionalmente utilizadas como cultivos de servicio. La evaluación técnica y económica sigue abierta: los autores señalaron que todavía es necesario afinar el manejo según se busque cosechar semillas, generar biomasa o aumentar los compuestos asociados a la biofumigación.

La actualización de Famaillá se inscribe en ese proceso de evaluación. El punto central para la producción es establecer en qué condiciones estas mostazas pueden complementar el manejo del suelo. Los antecedentes ofrecen resultados para seguir investigando; trasladarlos a cada sistema exige comprobar su adaptación y su desempeño antes de generalizar una recomendación.