Un fragmento de cráneo conservado desde 1924 en el Museo de Historia Natural de Londres permitió identificar una nueva especie de dinosaurio carnívoro. El equipo que estudió la pieza, procedente de la isla de Wight, la denominó Invictibellatrix amberina y la ubicó entre los megaraptoranos. Según los investigadores, se trata del primer registro europeo de ese grupo, conocido también por fósiles encontrados en Sudamérica, incluida la Argentina.
La investigación fue encabezada por Cassius Morrison, de University College London, y difundida al cierre del martes 13 de octubre. El trabajo aparece en Royal Society Open Science con fecha editorial del 14. El ejemplar corresponde a la Formación Wessex, del Cretácico temprano, y habría vivido hace unos 120 millones de años. La novedad surge del análisis de una pieza de colección que todavía no había recibido una descripción detallada, no de una excavación realizada esta semana.
Para examinarla, los científicos recurrieron a una tomografía computada y construyeron modelos tridimensionales tanto del hueso como de su cavidad interna. Ese procedimiento permitió comparar estructuras difíciles de observar directamente con las de otros dinosaurios carnívoros. La reconstrucción del interior del cráneo aporta información sobre el espacio que ocupaban los tejidos; no significa que se haya conservado el cerebro del animal.
La identificación se apoyó en una combinación particular de rasgos, entre ellos la forma del cóndilo occipital, la abertura por donde pasaba la médula espinal y una cresta ubicada en la parte posterior del cráneo. Los análisis de parentesco lo situaron como un integrante de divergencia temprana dentro de los megaraptoranos. El resumen científico también señala diferencias con los terópodos previamente nombrados para esa misma formación geológica.
El resultado interesa por su ubicación en el mapa. El equipo incorporó la especie a un análisis biogeográfico y planteó que los megaraptoranos tuvieron una distribución muy amplia durante el Cretácico temprano. La presencia de un representante europeo aporta una pieza para evaluar las conexiones entre las faunas de Asia y las del antiguo continente austral de Gondwana. No permite, por sí sola, reconstruir cada paso de esa dispersión ni identificar una ruta recorrida por este individuo.
Las estimaciones sobre su aspecto requieren otra cautela. Morrison calcula que pudo medir entre tres y cuatro metros de largo y algo más de un metro y medio de alto, con garras de diez a veinte centímetros. Esas dimensiones se infieren a partir de animales emparentados, porque el material estudiado no es un esqueleto completo. Lo mismo ocurre con la posibilidad de que tuviera plumas: se propone por comparación, no por una impresión de plumaje hallada junto al cráneo.
El tamaño estimado lo separa de algunos gigantes posteriores del grupo. Entre ellos figura Maip macrothorax, descubierto en la Argentina y señalado por los investigadores como un animal de entre nueve y diez metros. La comparación muestra la diversidad alcanzada por los megaraptoranos, pero no implica que la especie inglesa fuera antepasado directo de Maip. El estudio propone relaciones de parentesco y escenarios de distribución, no una cadena lineal entre ambos dinosaurios.
También quedan preguntas abiertas sobre la desaparición del grupo en las tierras del norte durante el Cretácico tardío, mientras continuaba en regiones australes. Los autores consideran una extinción regional como explicación para esa ausencia, aunque no establecen su causa. El aporte inmediato del trabajo es más concreto: una pieza guardada por más de un siglo amplía el registro europeo y muestra cuánto puede cambiar el conocimiento de una colección cuando se la revisa con nuevas técnicas.




