Un ensayo del INTA San Salvador, en Entre Ríos, encontró que incorporar trébol alejandrino entre cultivos de una rotación arrocera permitió reducir los efectos de herbicidas residuales sobre el maíz y mejorar su rendimiento. Los resultados, difundidos este lunes 19 de octubre, registraron aumentos de 1.566 y 557 kilogramos por hectárea en los materiales evaluados, frente a los planteos sin esa cobertura vegetal.

El trabajo se concentró en un problema que atraviesa más de una campaña: lo que se aplica durante el cultivo de arroz puede seguir afectando al cultivo siguiente. Según el informe del organismo, hubo síntomas de fitotoxicidad en el maíz incluso cuando habían transcurrido más de 300 días desde la aplicación de los herbicidas. La experiencia examinó si una especie de servicio podía disminuir ese efecto dentro de rotaciones que incluyen arroz, maíz y soja.

El investigador Héctor Rodríguez, responsable del estudio en la Agencia de Extensión Rural San Salvador, vinculó la mejora con las condiciones generadas por la cobertura. La incorporación del trébol aportó biomasa y favoreció la actividad biológica del suelo. Esos procesos, junto con una mayor presencia de materia orgánica, aparecen en el informe como factores que contribuyen a la degradación de las imidazolinonas acumuladas en el sistema. No se trató de sustituir una variedad de maíz por otra, sino de evaluar el manejo previo del lote.

La investigación combinó dos escalas de observación. Por un lado, se trabajó con macroparcelas y diferentes materiales de maíz para comprobar su comportamiento a campo. Por otro, se realizaron ensayos con muestras de suelo obtenidas a distintas profundidades. Esa combinación permitió relacionar el desempeño del cultivo con lo que ocurría en el perfil del suelo y no limitar la evaluación al aspecto visible de las plantas.

Las mediciones mostraron una reducción del 21% en la fitotoxicidad entre la superficie y los 30 centímetros de profundidad. Dentro de ese perfil, el INTA informó una mejora del 34% en la capa comprendida entre los 10 y los 30 centímetros. Los porcentajes describen los resultados de esos estratos y de este ensayo: no representan un aumento uniforme del rendimiento ni una medición general de todos los atributos de calidad del suelo.

La respuesta productiva también fue distinta entre los materiales. El híbrido más sensible alcanzó una diferencia de 1.566 kilogramos por hectárea, equivalente a un 35% más que el esquema sin cobertura. En el otro material, la mejora fue de 557 kilogramos por hectárea, un 11%. El informe asocia esas diferencias con una implantación más favorable, mayor uniformidad dentro del lote, espigas de mayor tamaño y una mejor fijación de granos.

La reducción de los síntomas se observó tanto en híbridos tolerantes como en aquellos no tolerantes a imidazolinonas. Ese alcance resulta relevante para interpretar la experiencia: el beneficio informado no quedó restringido a un único tipo de respuesta genética al herbicida. A la vez, la diferencia entre los aumentos obtenidos muestra que no todos los materiales respondieron con la misma intensidad al cambio de manejo.

La comunicación describe un ensayo de larga duración, pero no precisa los años que abarcó, las dimensiones de las macroparcelas ni los nombres comerciales de los híbridos. Tampoco presenta un cálculo económico que descuente el costo de incorporar y manejar el trébol. Por eso, las cifras de producción no equivalen por sí solas a una estimación de rentabilidad. El aporte concreto del trabajo es mostrar, en las condiciones evaluadas por el INTA San Salvador, una alternativa para mejorar la transición entre el arroz y el maíz cuando persisten efectos de herbicidas en el suelo.