El Ártico volvió a terminar el verano boreal con una cobertura de hielo muy inferior a la de las primeras décadas del registro satelital. La NASA actualizó este 7 de octubre su seguimiento de largo plazo y situó el mínimo de 2026 en 4,6 millones de kilómetros cuadrados, alcanzado el 12 de septiembre. La cifra empata con las de 2008, 2010 y 2025 como la décima más baja de la serie.

El dato integra una secuencia más amplia: los veinte veranos comprendidos entre 2007 y 2026 reúnen los veinte mínimos más reducidos desde que comenzaron las observaciones continuas, a fines de 1978. La publicación de Earth Observatory incorpora el resultado a su serie sobre cambios de la superficie terrestre y compara las condiciones de septiembre con los máximos invernales de marzo. El objetivo es observar la evolución a través de varias décadas, por encima de las oscilaciones de una sola temporada.

El Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo de Estados Unidos, conocido por sus siglas NSIDC, había informado el mínimo el 23 de septiembre. Entonces lo calificó como preliminar, porque los vientos todavía podían compactar el hielo y reducir su extensión. El director del organismo, Mark Serreze, señaló que hubo hielo poco compacto incluso cerca del polo, pese a un verano relativamente fresco sobre el océano Ártico. La actualización de la NASA mantiene la cifra de 4,6 millones de kilómetros cuadrados.

Que este año no haya establecido el récord absoluto de pérdida no implica un regreso a las condiciones anteriores. Walt Meier, investigador del NSIDC, explicó que la extensión reciente permanece muy por debajo de la observada en los años ochenta, noventa y comienzos de los dos mil. La comparación entre temporadas puede mostrar cierta estabilidad durante varios años y, al mismo tiempo, formar parte de un cambio persistente respecto de las primeras mediciones.

La meteorología ayuda a explicar esas diferencias de un verano a otro. Según la científica Linette Boisvert, de la NASA, una mayor presencia de nubes durante la última década redujo la radiación solar que llega al hielo y contribuyó a moderar su derretimiento. El informe de septiembre menciona ese efecto al describir la relativa estabilidad reciente. Es una influencia sobre la evolución anual que convive con niveles bajos de cobertura y no debe confundirse con la recuperación del hielo perdido en décadas anteriores.

El hielo marino se forma cuando se congela el agua del océano y flota sobre su superficie. En el hemisferio norte suele crecer durante el otoño y el invierno y retroceder en primavera y verano. La geografía también importa: el Ártico es un océano rodeado en gran parte por tierra, una configuración que facilita que algunos bloques permanezcan allí y sobrevivan a más de una temporada de deshielo. Esa permanencia permite que se acumulen capas de mayor espesor, explica el NSIDC.

La serie de observaciones depende de varios instrumentos y misiones. Comenzó con Nimbus-7, continuó con satélites del programa meteorológico de defensa estadounidense e incorporó mediciones de Aqua. Actualmente utiliza datos del sensor AMSR2, instalado en el satélite japonés GCOM-W. La continuidad entre estos sistemas permite comparar las temporadas y distinguir una variación puntual de una tendencia que abarca casi medio siglo.

Los registros de ambos polos deben interpretarse por separado. La Antártida es un continente rodeado por océano y su hielo marino puede desplazarse con mayor libertad, con fuertes fluctuaciones entre años. En septiembre, la NASA todavía esperaba confirmar el máximo austral de 2026. Para el Ártico, la conclusión que destaca la actualización de octubre es la persistencia de una cobertura estival reducida dentro de una serie prolongada de mínimos bajos.