Un equipo internacional identificó mediante ADN antiguo una especie extinta de bovino emparentada con los yaks que habitó el sur de Siberia. La investigación, difundida el 5 de octubre por la Universidad de Estocolmo y publicada en Current Biology, reunió 20 genomas obtenidos de restos de la cueva de Denisova y de otros sitios de la región. Las muestras abarcan aproximadamente 200.000 años de historia del animal.
Las comparaciones genéticas indican que ese linaje comenzó a separarse de los yaks actuales hace unos 400.000 años y completó esa separación alrededor de 250.000 años atrás. El ejemplar más reciente estudiado tiene unos 27.000 años: esa fecha acredita su presencia hasta entonces, pero no establece cuándo se extinguió. Los autores todavía no conocen el momento exacto ni las causas de su desaparición. Tampoco encontraron señales importantes de cruces con otros bovinos de la zona.
El resultado amplía una línea de trabajo anterior. En noviembre de 2025, varios integrantes del mismo equipo habían publicado en Genome Biology and Evolution un análisis de ADN mitocondrial que reconocía un grupo al que llamaron provisionalmente yak X. Ese estudio identificó restos de bovinos en distintos yacimientos de Asia central y distinguió muestras relacionadas con yaks, bisontes y uros. El nombre yak X describía un linaje genético singular y no equivalía a una denominación zoológica formal. La denominación continúa siendo provisional.
La investigación de 2025 explicaba una dificultad central: los fragmentos muy pequeños no siempre conservan rasgos anatómicos suficientes para reconocer al animal. Además, las técnicas basadas en proteínas pueden establecer parentescos generales sin resolver todas las diferencias entre especies próximas. Por eso, combinar métodos y comparar ADN de huesos individuales permite revisar identificaciones que quedarían abiertas si se utilizara únicamente la forma de los restos. El nuevo trabajo se inscribe en esa búsqueda de precisión sobre la diversidad perdida de la región.
Denisova ofrece un archivo especialmente amplio para esas investigaciones. En un texto de 2021 sobre su trabajo en el lugar, la investigadora Samantha Brown, de la Universidad de Tubinga, explicó que las excavaciones habían recuperado más de 250.000 fragmentos óseos. Más del 95% no podía identificarse solo por su morfología. El desgaste ambiental y la acción de carnívoros habían reducido muchos huesos a piezas sin los detalles que habitualmente permiten clasificarlos. Técnicas de análisis de proteínas y ADN ayudan a recuperar información de ese material.
Una de las preguntas pendientes es cómo se veía el bovino ahora estudiado. En declaraciones a IFLScience, Love Dalén, investigador del Centro de Paleogenética de Estocolmo, advirtió que el parentesco con los yaks modernos no alcanza para reconstruir su apariencia. Como referencia, señaló que animales con una separación evolutiva comparable pueden presentar diferencias físicas importantes. Su equipo está examinando genes que codifican proteínas para buscar características que distingan a este linaje de sus parientes actuales.
También continúa abierta su relación con los antiguos habitantes humanos de la región. Jonas Oppenheimer, otro de los autores, planteó a ese medio que pudieron haberlo cazado, pero aclaró que no cuentan con evidencia directa de esa interacción. La coincidencia de restos en un mismo entorno no prueba por sí sola una relación de ese tipo. La siguiente etapa incluye cotejar los resultados genéticos con fósiles de animales semejantes a yaks ya descritos en Siberia, antes de resolver su clasificación y asignarle un nombre formal.




