La recuperación de archivos meteorológicos en papel permitió reconstruir cambios del clima en la cuenca del Congo que habían quedado poco documentados en las bases digitales. Un estudio publicado este 12 de octubre en Earth System Dynamics encontró que la frecuencia de días calurosos casi se duplicó entre las décadas de 1960 y 1980 en las estaciones analizadas. El resultado surge de observaciones históricas, no de una proyección sobre el tiempo de 2026, y aporta mediciones directas a una región con importantes vacíos de información.
El equipo reunió registros de 37 estaciones de la República Democrática del Congo y digitalizó 9.885 hojas durante dos campañas de trabajo realizadas en 2023. En conjunto, el rescate incorporó más de un millón de mediciones diarias y de intervalos menores, con datos de temperatura y precipitación. Participaron investigadores de la Vrije Universiteit Brussel, la Universidad de Gante y el instituto congoleño de investigación agrícola INERA, entre otras instituciones. Los archivos conservados en Yangambi fueron una pieza central de la tarea.
Para analizar las temperaturas entre 1961 y 1990 se utilizaron 21 estaciones que contaban con información suficiente. En ese período, los aumentos medianos fueron de alrededor de 0,7 grados Celsius en las máximas diarias, 0,3 grados en las mínimas y 0,5 grados en la temperatura media. La comparación entre 1961-1970 y 1981-1990 mostró más días calurosos y menos jornadas frías. Las series que llegaron más lejos en el tiempo también registraron un calentamiento que continuó hasta los primeros años del siglo XXI. Para identificar los extremos cálidos, el estudio utilizó el percentil 95 de la distribución de temperaturas de cada estación a lo largo de su registro completo. Ese umbral delimita aproximadamente el 5% de los valores más altos y permite comparar su frecuencia entre décadas.
Llegar a ese resultado exigió convertir documentos físicos en información utilizable. Fotografiar una planilla protege su contenido, pero no vuelve automáticamente comparables los números escritos por observadores de diferentes estaciones. Los valores deben asociarse con una fecha, una variable y una unidad, y luego revisarse para detectar errores. La investigación combinó esa recuperación documental con registros que ya habían sido transcritos, incluidos materiales históricos conservados en Bélgica.
La herramienta utilizada para procesar buena parte de las hojas fue MeteoSaver, un programa de código abierto desarrollado para transcribir registros meteorológicos mediante aprendizaje automático. Su metodología, presentada en un trabajo anterior publicado en abril, contempla el acondicionamiento de imágenes, la detección de tablas y celdas, el reconocimiento de los valores y su organización en formatos digitales. Cada etapa busca reducir el trabajo manual sin perder la relación entre el dato y su ubicación en el documento original.
El proceso también incorpora controles de calidad. En temperatura, por ejemplo, una máxima inferior a la mínima del mismo día requiere una revisión. La escritura manuscrita, las diferencias de diseño entre formularios y la conservación del papel pueden generar lecturas incorrectas. Por eso, el reconocimiento automático no equivale a una aceptación indiscriminada de los números: la utilidad de una base histórica depende también de identificar inconsistencias y de conocer las limitaciones de la transcripción.
La cobertura de precipitaciones fue más reducida. Solamente tres estaciones reunieron información suficiente para el análisis de extremos de lluvia: en dos se observó un aumento importante de esos episodios, mientras que la tercera no mostró un cambio sustancial. Esa muestra no permite extender el resultado a toda la cuenca. La diferencia entre la disponibilidad de datos de lluvia y de temperatura delimita qué conclusiones puede sostener el estudio y cuáles requieren nuevas series.
Los autores también reconocen límites en los registros térmicos. No aplicaron una homogeneización que corrigiera posibles efectos de cambios de instrumentos, horarios o emplazamientos, debido a la información incompleta sobre la historia de las estaciones. Tampoco realizaron una atribución formal que separara todas las posibles causas de las tendencias. Esas salvedades acompañan los resultados y evitan interpretar la recuperación de observaciones como una explicación definitiva de cada variación local.
Los datos y el código quedaron disponibles para otros investigadores. Su valor consiste en ampliar la base de observaciones con la que se pueden contrastar modelos y reconstrucciones climáticas, además de facilitar nuevas búsquedas en archivos aún sin procesar. El trabajo muestra que un registro escrito décadas atrás puede seguir aportando evidencia: conservarlo, transcribirlo y verificarlo permite incorporar al análisis del clima información que antes permanecía fuera de las bases accesibles.




